{"id":3751,"date":"2025-05-05T23:48:07","date_gmt":"2025-05-05T23:48:07","guid":{"rendered":"https:\/\/verdadincomodadiario.ar\/?p=3751"},"modified":"2025-05-05T23:48:07","modified_gmt":"2025-05-05T23:48:07","slug":"en-uruguay-el-dios-es-el-estado-progresismo-centralismo-y-la-idolatria-del-estado","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/verdadincomodadiario.ar\/?p=3751","title":{"rendered":"En Uruguay el dios es el Estado: progresismo, centralismo y la idolatr\u00eda del Estado"},"content":{"rendered":"<p>En las \u00faltimas d\u00e9cadas, el mundo ha sido testigo de un fen\u00f3meno silencioso p\u00e9ro devastador: la consolidaci\u00f3n de una cultura pol\u00edtica que no solo reivindica al Estado como gestor, sino que lo sacraliza. Bajo el manto del progresismo, un entramado simb\u00f3lico, acad\u00e9mico y comunicacional ha elevado al aparato estatal al estatus de \u00e1rbitro moral, fuente de sentido y \u00fanica herramienta v\u00e1lida para ordenar la vida social. Este fen\u00f3meno no se limita a decisiones de gobierno; es una transformaci\u00f3n del modo en que las sociedades entienden el poder, la verdad y la libertad. En Uruguay, un pa\u00eds con una larga tradici\u00f3n de estabilidad democr\u00e1tica y un sistema pol\u00edtico profundamente arraigado en sus partidos tradicionales, este proceso adquiere matices particulares, pero no menos inquietantes.<\/p>\n<h3>Centralismo: una enfermedad estructural<\/h3>\n<p>El poder pol\u00edtico tiende naturalmente a concentrarse, y el progresismo ha sabido capitalizar esa inclinaci\u00f3n hist\u00f3rica. El centralismo no es solo una forma de organizaci\u00f3n estatal; es un patr\u00f3n civilizatorio. Su avance erosiona la autonom\u00eda, reduce la capacidad de decisi\u00f3n de las comunidades, y mina los derechos de propiedad, que pasan a entenderse como concesiones del Estado y no como garant\u00edas individuales. En Uruguay, el centralismo ha sido una constante hist\u00f3rica, reforzada por la hegemon\u00eda de Montevideo sobre el interior del pa\u00eds. Desde el siglo XIX, los partidos tradicionales \u2014el Partido Nacional (Blanco) y el Partido Colorado\u2014 han competido por el control del aparato estatal centralizado, consolidando un modelo en el que las decisiones clave se toman en la capital, dejando al interior en un rol subordinado.\u00a0<\/p>\n<div class=\"inter_image image_horizontal\">\n<picture><source class=\"img-responsive\" type=\"image\/webp\" data-srcset=\"\/filesedc\/uploads\/image\/post\/descarga-1746459397167_300_200.webp 300w, \n\/filesedc\/uploads\/image\/post\/descarga-1746459397167_630_420.webp 630w,\n                                \/filesedc\/uploads\/image\/post\/descarga-1746459397167_760_507.webp 760w,\n                                \/filesedc\/uploads\/image\/post\/descarga-1746459397167_1200_800.webp 1200w,\n                                \/filesedc\/uploads\/image\/post\/descarga-1746459397167_1600_1067.webp 1600w\"><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/derechadiario.com.ar\/filesedc\/uploads\/image\/post\/descarga-1746459397167_1200_800.webp\" class=\"img-responsive lazyload\" alt=\"Edificio del Banco Central del Uruguay con fachada de ventanas y aire acondicionado.\" title=\"Edificio del Banco Central del Uruguay con fachada de ventanas y aire acondicionado.\"><\/picture>\n<div>\n<span class=\"img_footer\">Banco Central del Uruguay <\/span>| <span class=\"img_author\">La Derecha Diario<\/span>\n<\/div>\n<\/div>\n<p>En los modelos centralizados, las malas decisiones no se a\u00edslan: se replican, se imponen y se institucionalizan. La posibilidad de corregir errores mediante la pluralidad de jurisdicciones desaparece, y con ella, tambi\u00e9n desaparece la libertad de elegir marcos normativos alternativos. En Uruguay, la falta de descentralizaci\u00f3n efectiva ha sido una cr\u00edtica recurrente a los partidos tradicionales, que, a pesar de sus diferencias ideol\u00f3gicas, han mantenido un sistema de coparticipaci\u00f3n clientelista que reparte los recursos del Estado entre sus bases electorales, sin cuestionar la centralidad del poder estatal. Este modelo, descrito como una \u201clucha por el reparto de los recursos del Estado sin mayores distinciones ideol\u00f3gicas,\u201d ha erosionado la capacidad de innovaci\u00f3n pol\u00edtica y ha alimentado la percepci\u00f3n de los partidos tradicionales como estructuras anquilosadas, m\u00e1s preocupadas por perpetuarse que por transformar.<\/p>\n<h3>Progresismo como cultura dominante<\/h3>\n<p>M\u00e1s que un programa pol\u00edtico, el progresismo ha derivado en una cultura totalizante. No se presenta como una ideolog\u00eda, sino como una visi\u00f3n del mundo que define lo que puede ser dicho, pensado o deseado. Su hegemon\u00eda no se construye en los parlamentos, sino en los medios, las universidades, las redes y los manuales escolares. En Uruguay, esta din\u00e1mica es evidente en el ascenso del Frente Amplio (FA), que, desde su fundaci\u00f3n en 1971 y especialmente tras gobernar entre 2005 y 2020, ha consolidado un discurso progresista que permea las instituciones culturales y educativas. Sin embargo, los partidos tradicionales no han sido inmunes a esta tendencia. Tanto el Partido Colorado como el Partido Nacional han adoptado, en mayor o menor medida, elementos del progresismo para mantenerse relevantes, diluyendo sus identidades hist\u00f3ricas en un esfuerzo por captar el consenso moral de la \u00e9poca.<\/p>\n<p>Quienes se apartan del consenso dominante son marcados mediante un sistema sofisticado de deslegitimaci\u00f3n simb\u00f3lica. En el contexto uruguayo, esta exclusi\u00f3n se manifiesta en la dificultad de los partidos tradicionales para articular cr\u00edticas al progresismo sin ser acusados de retr\u00f3grados o derechistas extremos.<\/p>\n<h3>La ingenier\u00eda del lenguaje y la moralizaci\u00f3n del disenso<\/h3>\n<p>El progresismo ha logrado una de las operaciones m\u00e1s eficaces del poder moderno: controlar el lenguaje. A trav\u00e9s de etiquetas, esl\u00f3ganes y t\u00e9rminos cargados emocionalmente, ha delimitado el marco del discurso p\u00fablico. En Uruguay, este control es visible en debates sobre temas como la igualdad de g\u00e9nero, los derechos sociales o la memoria de la dictadura (1973-1985). Los partidos tradicionales han sido acusados de ceder ante esta ingenier\u00eda ling\u00fc\u00edstica, adoptando t\u00e9rminos y marcos impuestos por el FA para evitar ser estigmatizados. Esta incapacidad para proponer un lenguaje propio refleja una debilidad estructural: los partidos tradicionales no solo han perdido terreno electoral, sino tambi\u00e9n la capacidad de moldear la narrativa cultural, dejando que el progresismo defina los t\u00e9rminos del debate.<\/p>\n<figure><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/derechadiario.com.ar\/filesedc\/uploads\/image\/post\/anep-edificio-nuevojpg_1200_800.webp\" class=\"img-responsive lazyload\" alt=\"Entrada de un edificio de la Administraci\u00f3n Nacional de Educaci\u00f3n P\u00fablica con letreros de direcci\u00f3n en la calle.\" title=\"Entrada de un edificio de la Administraci\u00f3n Nacional de Educaci\u00f3n P\u00fablica con letreros de direcci\u00f3n en la calle.\"><\/figure>\n<p>Esta ingenier\u00eda ling\u00fc\u00edstica no es accidental. Funciona como un sistema de exclusi\u00f3n simb\u00f3lica que castiga a quienes no se alinean con los mandamientos morales del momento. Los partidos tradicionales, por su parte, han evitado confrontar directamente estos mecanismos, optando por una \u201ctibieza\u201d.<\/p>\n<h3>Ciencia, medios y academia: legitimadores del nuevo dogma<\/h3>\n<p>Todo poder necesita legitimaci\u00f3n. En este caso, el tr\u00edpode institucional que sostiene al progresismo dominante est\u00e1 compuesto por la academia, los medios tradicionales y una ciencia cada vez m\u00e1s instrumentalizada. En Uruguay, la Universidad de la Rep\u00fablica ha jugado un rol clave en la difusi\u00f3n de ideas progresistas, mientras que los medios han amplificado narrativas que refuerzan la centralidad del Estado como soluci\u00f3n a los problemas sociales. Los partidos tradicionales, lejos de contrarrestar esta tendencia, han contribuido a ella al mantener un sistema de empresas p\u00fablicas gestionadas pol\u00edticamente, donde los cargos se reparten seg\u00fan lealtades partidarias, perpetuando una cultura de clientelismo que legitima la intervenci\u00f3n estatal. Esta pr\u00e1ctica, criticada desde hace d\u00e9cadas, refleja c\u00f3mo los partidos tradicionales han sido c\u00f3mplices en la sacralizaci\u00f3n del Estado, priorizando el control de sus recursos sobre la eficiencia o la autonom\u00eda ciudadana.<\/p>\n<p>Durante la pandemia, esta alianza alcanz\u00f3 su cl\u00edmax: decisiones pol\u00edticas revestidas de neutralidad cient\u00edfica, censura justificada como protecci\u00f3n del bien com\u00fan, y disenso tratado como amenaza. En Uruguay, la gesti\u00f3n de la pandemia por parte de la Coalici\u00f3n Multicolor (2020-2025), liderada por el Partido Nacional y apoyada por el Partido Colorado, fue presentada como un \u00e9xito t\u00e9cnico, pero no estuvo exenta de cr\u00edticas por su enfoque centralizado y por limitar el debate p\u00fablico sobre medidas como la vacunaci\u00f3n o las restricciones. La falta de una oposici\u00f3n robusta por parte de los partidos tradicionales a estas din\u00e1micas reforz\u00f3 la percepci\u00f3n de que todos los actores pol\u00edticos, en \u00faltima instancia, aceptan la primac\u00eda del Estado como \u00e1rbitro supremo.<\/p>\n<h3>La sacralizaci\u00f3n del Estado: del administrador al \u00eddolo<\/h3>\n<p>El fen\u00f3meno m\u00e1s profundo no es pol\u00edtico, sino simb\u00f3lico. El Estado moderno, lejos de ser una herramienta neutral, ha pasado a ocupar el lugar que antes tuvieron los dioses. En Uruguay, esta idolatr\u00eda estatal tiene ra\u00edces profundas en el batllismo colorado, que a principios del siglo XX convirti\u00f3 al Estado en un agente de modernizaci\u00f3n y bienestar. Sin embargo, lo que comenz\u00f3 como una visi\u00f3n progresista se ha transformado en una dependencia estructural, donde tanto los partidos tradicionales como el FA disputan el control del Estado sin cuestionar su centralidad. La Coalici\u00f3n Multicolor, que asumi\u00f3 el poder en 2020 tras 15 a\u00f1os de gobiernos del FA, no rompi\u00f3 con este modelo, sino que lo adapt\u00f3 a su propia l\u00f3gica, manteniendo un sistema de prebendas y acuerdos interpartidarios que refuerzan la idea del Estado como fuente \u00faltima de legitimidad.<\/p>\n<figure><img decoding=\"async\" src=\"https:\/\/derechadiario.com.ar\/filesedc\/uploads\/image\/post\/sddefault2_1200_800.webp\" class=\"img-responsive lazyload\" alt=\"Entrada de un edificio gubernamental con una bandera ondeando a la izquierda.\" title=\"Entrada de un edificio gubernamental con una bandera ondeando a la izquierda.\"><\/figure>\n<p>Esta idolatr\u00eda estatal ha vaciado de contenido la idea de ciudadan\u00eda, reemplazada por la figura del s\u00fabdito agradecido. Los partidos tradicionales han contribuido a este proceso al priorizar el clientelismo y la coparticipaci\u00f3n en el poder sobre la promoci\u00f3n de la soberan\u00eda individual. Su incapacidad para articular una visi\u00f3n alternativa que limite el poder estatal los ha relegado a un rol secundario frente al ascenso del FA, que ha sabido capitalizar el desencanto con los partidos tradicionales para presentarse como la \u00fanica alternativa viable, aunque igualmente dependiente del Estado como \u00eddolo.<\/p>\n<h3>Contexto pol\u00edtico reciente en Uruguay<\/h3>\n<p>El panorama pol\u00edtico uruguayo reciente refleja estas tensiones. Desde el retorno a la democracia en 1985, Uruguay ha mantenido una estabilidad notable, con traspasos pac\u00edficos de poder entre el Partido Colorado, el Partido Nacional y el FA. Sin embargo, el dominio hist\u00f3rico de los partidos tradicionales se ha erosionado. En las elecciones de 2019, el FA perdi\u00f3 el poder frente a la Coalici\u00f3n Multicolor, liderada por Luis Lacalle Pou (Partido Nacional), que incluy\u00f3 al Partido Colorado, Cabildo Abierto y otros partidos menores. Este cambio marc\u00f3 el fin de 15 a\u00f1os de gobiernos progresistas, pero no supuso un quiebre con el modelo estatal centralizado.<\/p>\n<p>La investidura de Yamand\u00fa Orsi (FA) en marzo de 2025, tras su victoria en las elecciones de 2024, fue celebrada como un ejemplo de convivencia pol\u00edtica, con un discurso conciliador que resalt\u00f3 la tradici\u00f3n negociadora de Uruguay. Sin embargo, esta armon\u00eda tambi\u00e9n puede interpretarse como una aceptaci\u00f3n t\u00e1cita de la centralidad del Estado por parte de todos los actores pol\u00edticos. La fortaleza de los partidos uruguayos, que gozan de una aceptaci\u00f3n ciudadana inusual en la regi\u00f3n, no ha impedido que sean criticados por su falta de innovaci\u00f3n y por perpetuar un sistema donde el poder estatal es incuestionable.<\/p>\n<p>El surgimiento de Cabildo Abierto en 2019, el primer partido en un siglo que no proviene de una escisi\u00f3n de los partidos tradicionales, se\u00f1al\u00f3 un descontento con el establishment pol\u00edtico, incluidos los partidos tradicionales, acusados de tibieza ideol\u00f3gica y de ceder ante el progresismo dominante. Asimismo, la aparici\u00f3n de un nuevo partido liberal en 2025, cr\u00edtico de la \u201cderecha acomplejada\u201d y la \u201ctibieza\u201d de los partidos tradicionales, evidencia una creciente insatisfacci\u00f3n con su incapacidad para desafiar el consenso estatalista y progresista.<\/p>\n<h3>Repensar la libertad en tiempos de culto<\/h3>\n<p>La verdadera disidencia en nuestros d\u00edas no consiste en cambiar de partido o de sigla, sino en cuestionar el altar mismo sobre el que se ha construido el nuevo orden simb\u00f3lico. En Uruguay, esto implica desafiar la hegemon\u00eda del Estado centralizado, que los partidos tradicionales han sostenido durante casi dos siglos. La cr\u00edtica a estos partidos no radica solo en su clientelismo o en su p\u00e9rdida de identidad ideol\u00f3gica, sino en su complicidad con un sistema que sacraliza al Estado, limitando la autonom\u00eda individual y comunitaria.<\/p>\n<p>Es tiempo de romper el hechizo. De volver a pensar la libertad no como una concesi\u00f3n, sino como un derecho originario. En Uruguay, esto requiere rediscutir el rol de los partidos tradicionales, cuya historia es inseparable de la naci\u00f3n, pero cuya incapacidad para adaptarse a los desaf\u00edos del presente los ha convertido en guardianes de un statu quo que asfixia la pluralidad. Recuperar la descentralizaci\u00f3n, la soberan\u00eda individual y el pluralismo institucional es un acto de resistencia cultural tanto como pol\u00edtica. Solo as\u00ed se podr\u00e1 construir un Uruguay donde el Estado sea un servidor de los ciudadanos, y no su \u00eddolo.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>En las \u00faltimas d\u00e9cadas, el mundo ha sido testigo de un fen\u00f3meno silencioso p\u00e9ro devastador: la consolidaci\u00f3n de una cultura pol\u00edtica que no solo reivindica al Estado como gestor, sino que lo sacraliza. 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